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SARA FACIO: ‘ME GUSTA FOTOGRAFIAR A LA GENTE SENCILLA. ME ABURRE LA FOTOGRAFÍA DIGITAL’. ENTREVISTA DE MAGDALENA RUIZ GUIÑAZÚ EN EL DIARIO ´PERFIL`
LA GRAN FOTÓGRAFA ARGENTINA, QUE FIGURA ENTRE LOS MÁS GRANDES DEL MUNDO Y AHORA EXPONE SUS MEJORES TOMAS EN LA FUNDACIÓN OSDE, CUENTA CÓMO LOGRÓ RETRATAR A CORTÁZAR, NERUDA Y MARÍA ELENA WALSH, ENTRE OTROS.
En la impresionante muestra fotográfica de Sara Facio no sólo se refleja toda una vida (la suya y la de los otros), sino que, como ella misma lo escribe: “Nadie cree, y menos los autoritarios, que las fotos las toman solamente las cámaras por su cuenta y riesgo. Saben que los seres que las manejan eligen los temas, documentos, cortan lo que no quieren, exageran lo que desean resaltar. Saben que ya no hay imágenes inocentes”. Exactamente. Ninguna de las fotografías de Facio es inocente. Ha sabido hurgar y encontrar en cada rostro los pliegues del alma.
—Esto es algo absolutamente subjetivo –explica Sara–. Enfocás lo que querés mostrar. Algunos dicen: “Una foto es un documento irrefutable”. Eso es cierto hasta cierto punto. El documento puede ser frío, pero cuando hay un fotógrafo detrás es inevitable que, si le resultás simpático, te va a sacar mejor.
Inglaterra consagró a Sara entre los mejores fotógrafos del mundo, incluyendo su famosa Los muchachos peronistas en Portraits (los mejores retratos del siglo), describiendo así el dolor de un grupo de jóvenes portando una bandera enlutada durante las exequias de Perón, a quien lloran con rostros dramáticamente apenados.
— Sin embargo, Sara –recordamos–, la foto que recorrió el mundo me parece que es la de Julio Cortázar con un pucho en los labios...
— Sí, la de Julio fue muy divulgada, pero en las publicaciones estrictamente fotográficas la del entierro de Perón, con sus protagonistas anónimos, ocupa un lugar internacional junto a las de Churchill, Greta Garbo y personajes de ese tipo. Ni sé dónde encontraron la de Los muchachos...
— Siempre hay un ojo avizor en los libros históricos. En cuanto al autorretrato de juventud que encabeza el catálogo, ¿es tu primera cámara la que tenés en la mano?
— Sí. Es una Rolley Flex, y fue uno de mis primeros autorretratos. Hay amigos que me preguntan por qué muchos autorretratos. “¿Tanto te estudiás?”, dicen. Pero la verdad es bastante más tonta y sencilla. Cuando estoy por terminar un rollo, me da pena tirar lo que queda en blanco. Entonces, me hago fotos a mí misma, antes de revelarlo. Por eso tengo muchísimas.
— ¿Cómo fue el inicio de tu pasión por la imagen? ¿En tu casa se interesaban por la fotografía?
— No particularmente. Era simplemente algo más dentro de la actividad social de la familia. A mí, realmente, me interesó la fotografía como algo serio cuando hice mi primer viaje a Europa. Era un viaje de estudio, pero la fotografía empezaba a ponerse de moda. Ya estábamos en la posguerra y las fábricas alemanas empezaron a sacar las grandes cámaras: AGFA, Leica, todas ésas. ¡Una gran moda, como hoy pueden serlo los celulares que también sacan fotos! Al pasar por Alemania, me compré una cámara y empecé a recorrer exposiciones de fotos creativas, cosa que no había hecho nunca aquí, en Argentina. En aquel momento, un teórico, Otto Steiner, desarrollaba su idea de lo que él llamó “la fotografía subjetiva”. Me pareció fascinante. Consistía en observar cómo una persona “veía” y creaba a partir de los objetos cotidianos más vulgares. Los ejemplos más conocidos son el inodoro de Edward Weston, o el pimentero, maravillosas en cuanto a líneas y sutileza. También las flores de Mapplethorpe. Podría decirte que allí nace mi deseo de hacer fotos de acuerdo con una visión propia de las cosas. Luego, lo intenté con la gente. Aquel famoso proverbio que relata la angustia de los indígenas ante una cámara, porque sienten que la foto les roba el alma, en algún punto no es un planteo descabellado. ¡Algo de razón tienen! ¡Cuando en serio vos querés hacer un buen retrato, tratás de “sacarle” algo al protagonista, al personaje!
Sara se sonríe modestamente, pero no podemos dejar de recordar que, además de la conocida imagen de Cortázar y su cigarrillo, ella se convierte en una suerte de “tercer ojo” cuando captura las escenas hogareñas de Julio y Aurora Bernárdez, su esposa de entonces.
— Es verdad. Absolutamente.
— ¿Y la serie de Neruda, que ocupa más de una pared en esta exposición? ¿Cómo llegaste a Neruda?
— En realidad, ésa es una serie que se fue haciendo sola. Una serie muy grande, porque allí se conjugaron muchas cosas buenas. Entre nosotros se estableció una química perfecta. Además, la casa de Isla Negra parecía una escenografía. Todo: el paisaje, el mar. Fue increíble. Y las cosas se dieron para hacer un trabajo visual importante. En aquel momento, mi socia era Alicia D’Amico. Nos instalamos a dos cuadras de la casa de Neruda.
— ¿Ustedes conocían a Pablo?
Sara se ríe francamente:
— ¡No! Le escribimos varias cartas que nunca nos contestó, hasta que finalmente le enviamos la última avisándole que iríamos en una determinada fecha. Teníamos cartas de recomendación de María Elena Walsh y de Margarita Aguirre. Margarita había sido su secretaria, y Neruda adoraba a María Elena por ser tan joven y haber escrito ya entonces poemas tan lindos. ¡La consideraba una niña mimada! Bueno, entonces tocamos el timbre (en realidad, era una campana) y el propio Neruda nos abrió la puerta. “¡Ah, las argentinas!”, dijo, y nos hizo pasar. Vivíamos en una pensión a dos cuadras, pero nos llamaba a cada rato. Por ejemplo, nos citaba para las 3 de la tarde, “después de mi siesta”, y a la una llamaba preguntando: “Pero, ¿por qué tienen que comer solas? ¡Vengan a almorzar conmigo!”. Así pasaron cinco o seis días, hasta que decidió que nos instaláramos en el cuarto de huéspedes de su casa. Nos quedamos un mes entero, y fue una experiencia fascinante. Matilde, su mujer, un encanto. Y como Neruda era un personaje importante del Partido Comunista, constantemente recibía visitas de todo tipo. Desde gente de gran actuación social, como los embajadores de las Repúblicas Socialistas de la Unión Soviética, hasta sus amigos más queridos, como Jorge Edwards o Antonio Skármeta, que en aquel momento era un muchacho periodista que adoraba a Pablo. Incluso, a veces, también aparecía Salvador Allende, antes de ser presidente de Chile. Fue el momento en el que se unieron los socialistas con los comunistas. Todo resultaba apasionante. Neruda siempre nos sorprendía. Un día decidía: “¡Basta de Isla Negra! ¡Nos vamos a Valparaíso!”, y con Matilde al volante, nos llevaba de viaje. Siempre recuerdo que escribía durante todo el camino. Bueno, Neruda escribía todo el tiempo.
— ¡Qué personaje!
— Sí, sí. Octavio Paz se preguntaba cómo podía escribir en un auto. A veces, un poema entero. “¡Yo demoro tres meses en cambiar una palabra!”, se lamentaba Octavio, también Premio Nobel de Literatura. Son estilos. Paz podía pasar semanas enteras buscando el término apropiado. Recuerdo que, en un mismo viaje, Neruda le escribió un poema entero a Violeta Parra. Cuando llegamos a Valparaíso, se lo pasé a máquina, ¡y lo tengo firmado por él y encuadrado en un marquito en mi casa!
— Un recuerdo para la vida, pero también, ¿qué sentís como autora de esta movida enorme de tu exposición? Y te lo pregunto porque es el testimonio talentoso del mundo actual, pero también de un mundo que ya no está.
— Sí, es una especie de “volver atrás”. Pero estoy muy contenta, porque esto es lo que me propuse. Lo que quise hacer, a través de la fotografía, fue registrar todo lo que yo vivía en cada momento. No quise inventar nada ni elaborar situaciones falsas. Tampoco fotografía conceptual o una idea a desarrollar. No, no. Yo quise dejar un testimonio de lo que veía, de la gente que me gustaba, que admiraba. También de los hechos que nos conmovieron de alguna manera, como fue todo el tiempo del peronismo de los 70, cuando volvió Perón. Ezeiza, en fin, cosas que nos trastrocaron la vida y que viví trabajando muy intensamente. También la época de la dictadura, aunque ahí trabajé mucho menos por un cansancio fruto de tantas cosas que rechazaba.
— Pero en el universo que debe ser tu archivo fotográfico, ¿cómo elegís las imágenes? Lo pensaba mientras observaba la dimensión de esta muestra enorme, imaginando que debías tener tres veces más fotos de las que vemos aquí...
— Y más también. Sin contar todo lo que he descartado. Por ejemplo, cuando rompimos la sociedad con Alicia D’Amico, ¡pasamos dos o tres meses rompiendo negativos! ¡Tiramos toda la parte comercial a la basura! Publicidad, convenciones, etcétera. ¡Bueno, lo que nos daba de comer! De común acuerdo, decidimos destruirlo.
— ¿Por qué?
— Simplemente, porque no le dimos importancia y sólo quisimos guardar las fotos que considerábamos buenas por su composición o su técnica, o también por su temática. En cambio, guardar rollos enteros de, por ejemplo, el estuche de un rouge de labios es sólo una forma de ocupar espacio. ¡Por supuesto que si hacés una foto de publicidad que tiene cosas creativas no vas a desecharla! Hay fotógrafos maravillosos, como Irving Penn. ¡El hacía fotos de publicidad que son obras de arte! Siempre recuerdo sus páginas de moda para Vogue. Fotografió prácticamente la mejor ropa de Christian Dior, y cuando comenzaron a salir los esmaltes de uñas logró que uno sintiera, a través de la página, que casi los estaba tocando. ¡Parecía que te manchabas! ¡Y claro que no hubiéramos tirado esas fotos!
Sara es enormemente modesta. Rechaza de plano, a pesar de figurar en el Portraits internacional, cualquier comparación con Cecil Beaton o Robert Kappa:
— ¡Yo me siento una hormiga frente a ellos! Creo que en mi país puedo tener un lugar porque estoy haciendo algo... Me doy cuenta por las reacciones de la gente. Gente amiga y gente que no conozco, que se emocionan frente a la imagen de un determinado momento, porque es como revivir también su propia historia. Eso me gusta mucho, pero tampoco me pregunto cómo me siento con respecto a otros. Creo que soy una buena fotógrafa, ¡pero no sé si llego a esas alturas! Creo que no... La verdad, creo que no.
— Lo que también resulta muy apasionante para el espectador es tu búsqueda de la verdad. Por ejemplo, en la foto de Victoria Ocampo: no la ves ni linda ni elegante, pero es absolutamente ella. ¡Yo diría que ahí se aplica lo que contabas de los indígenas que temían que las fotos les robaran el alma!...
— Por supuesto. Es querer conocer al otro, capturar lo emblemático de cada persona. Como te imaginarás, cuando hice esa foto de Victoria Ocampo ella era ya una anciana, una mujer muy mayor. No quería para nada que le sacaran fotos. ¡Te diré que es una de las pocas fotos “robadas” que tengo! Victoria estaba en un stand de la Feria del Libro y, en un momento dado, levantó la vista, ¡y ahí la “pesqué”! Con esa actitud siempre tan alerta, vital e inteligente que tenía Victoria. Creo que eso está en la foto pero, te reitero: ¡ya era una persona grande, y después de haber sido tan atractiva y tan hermosa no quería verse mal! ¡Bueno, así es la vida!
— Siempre hablando de Ocampo, lo curioso es que ha quedado inmortalizada mucho más con sus anteojos de aros blancos que en aquellos retratos preciosos de juventud.
— Es cierto. Se la reconoce más. Además, es la imagen del inconsciente de una mujer fuerte, independiente. ¡Llevaba anteojos que no usaba nadie, y también alpargatas que tampoco usaba nadie! Lo recuerdo perfectamente, porque yo vivía en San Martín y Viamonte, a pocos metros de Sur, y la veía ir a los estrenos de cine en Lavalle, siempre a la función del mediodía, con el mismo aspecto que tenía en su oficina: alpargatas y un viejo impermeable. Victoria adoraba el cine y no se perdía una película que pudiera interesarle.
— ¿Cómo fue hacerle fotos al Dr. Leloir?
— Sabíamos que era candidato al Premio Nobel y nos acercamos a él con mucho respeto. Una agencia me había hecho el pedido y fui entonces a la Fundación Campomar, donde él tenía su famoso laboratorio...
— ... el de la silla rota...
— Claro. Era un hombre extremadamente sencillo, acogedor, simpático. Como decía Victoria: “¡Mi primo me ha invitado a conocer Suecia porque le han dado el Premio Nobel!”. Todo muy natural. Leloir era profundamente respetado y querido por todos. Y con mucho sentido del humor, lo que para mí es un síntoma de inteligencia.
— De acuerdo. Absolutamente. Y hablando de tus personajes, hay en esta muestra dos fotos de María Elena Walsh con expresiones tan absolutamente diferentes que causa intriga el momento en que tomaste esas imágenes.
— La primera que le saqué es aquella en la que aparece muy seria, casi enojada. Fue el primer día que vino a mi estudio, en la plaza Vicente López. Le dije que iba a hacerle unas fotos. Y ella, como muy enojada... Después me confesó que en realidad parecía disgustada, pero porque era muy tímida. En cuanto entró, me dijo: “Vengo a ver a Sara Facio”. “Soy yo”, le expliqué.
“¿Pero, cómo? ¡Creía que era una vieja!” Y así se rompió el hielo. Creo, sin embargo, que la fotografié en ese momento tal como era: guerrera, luchadora, con una gran convicción de poseer la verdad. La última foto, en cambio, es mucho más reciente. Pertenece a la década del 90. ¡Está muy dulcificada! –se ríe Sara, con ganas.
Es, sin duda, una mujer de contrastes, con todo lo que significa su testimonio histórico, social, político. Y por otra parte, una excelente dueña de casa, hábil cocinera y poseedora de un refinamiento que la lleva a usar platos de porcelana de Limoges cuando invita amigos a su casa.
Se lo comentamos, y vuelve a sonreír:
— Esos platos fueron un regalo de casamiento que recibieron mis abuelos en 1900, cuando formalizaron su relación. ¡Mi abuela venía de Sicilia y tenía 14 años en el momento de la boda! ¡Mi abuelo, en cambio, ya había cumplido 28! Yo siempre le comentaba a mi madre: “Francamente, ¡qué costumbres, aquéllas! ¡Al fin y al cabo, tu padre se casó con una nena!”. ¡Y ella se apuraba a contestar que en esa época se usaba! La verdad es que los abuelos se conocieron por correspondencia. Pertenecían a dos familias del mismo pueblo que deseaban que el muchacho que se había ido a América y había hecho fortuna en Buenos Aires se casara con una chica siciliana, que además era una rubia de ojos azules absolutamente divina. Los regalos, entonces, fueron acordes a las costumbres de la época: juegos enteros de porcelana y cristal. Como mi mamá era la hija mayor, heredó el juego con el que yo agasajo a mis amigos. Luego, me tocó a mí en suerte, y también debo decir que heredé el gusto por la cocina y la buena mesa.
Más allá de estas inclinaciones domésticas, Sara Facio ha organizado minuciosamente la Galería Fotográfica del Museo Nacional de Bellas Artes. Sin embargo, no se da por satisfecha:
— Hay una parte legal –explica– que es oscura respecto de la fotografía. La gente que está en las artes visuales no comprende que la fotografía no es copia única, que es reproducción, y muchas copias. Quiero determinar con los abogados todo el aspecto legal que rige para los derechos. Esto es muy complicado y quiero dejarlo absolutamente consolidado, porque creo que esta colección del Museo de Bellas Artes es algo que muestra la fotografía tal cual la conocimos y que termina en el siglo XX. Ahora empieza otro tipo de fotografía: la digital. Y tiene otros códigos.
— ¿Te gusta la fotogafía digital?
— No, no me gusta. Te diría, incluso, que me aburre un poco. Lo que realmente me atrae, en el área digital, es la técnica fabulosa que emplean: son trabajos muy importantes. Para hacerlos, tendría que ponerme a estudiar un poco y dedicarme mucho. Y francamente... ¡no tengo ganas!
Por Magdalena Ruíz Guiñazú
Fuente: Diario Perfil
Más información: www.perfil.com
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