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LA NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS. CUANDO EL PENSAMIENTO ES LO QUE MOLESTA / HORACIO GONZÁLEZ, EUGENIA SACERDOTE DE LUSTIG, FÉLIX SCHUSTER Y JOSÉ PABLO FEINMANN RECUERDAN LAS JORNADAS DE JULIO DE 1966
EL 29 DE JULIO DE 1966 LA DICTADURA DE JUAN CARLOS ONGANÍA DICTÓ UN DECRETO QUE PONÍA FIN A LA AUTONOMÍA UNIVERSITARIA Y SE PROPONÍA “ELIMINAR LAS CAUSAS DE ACCIÓN SUBVERSIVA” EN LOS CLAUSTROS. EN ALGUNAS FACULTADES SE REALIZARON ASAMBLEAS COMO MANIFESTACIONES DE OPOSICIÓN. PROFESORES Y ESTUDIANTES FUERON FORZADOS A ABANDONAR LOS EDIFICIOS A GOLPES. MUCHOS FUERON DETENIDOS.
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FUERON ESTUDIANTES O AUTORIDADES DE LA UNIVERSIDAD PÚBLICA. A PESAR DE LA REPRESIÓN PUDIERON SOBREPONERSE, DESARROLLARSE PROFESIONALMENTE Y CONVERTIRSE EN REFERENTES HONROSOS DE LA ARGENTINA.
A comienzos de los sesenta la proscripción del peronismo y las presiones castrenses –crónicas y siempre perentorias– dominaron la escena política. Las universidades no fueron ajenas a este juego de la prepotencia. Después de todo, la autonomía universitaria había sido puesta en vigencia por la dictadura que llegó al poder en septiembre de 1955. Este tortuoso panorama no impidió que algunos sectores de las universidades públicas construyeran una identidad que se pensó a sí misma como solidaria de las mayorías. Cierto vigor y una incipiente excelencia académica se combinaron con un compromiso político entendido como concreción de la “función social” de la universidad y oposición a intereses hegemónicos externos.
Desde las ciencias naturales, “desarrollo” –uno de los conceptos claves de entonces– fue sinónimo de política industrialista e independencia científica y tecnológica. Desde las ciencias sociales, la producción de conocimiento fue pensada como actividad de diagnóstico y transformación de la realidad de país periférico. Ambos tópicos se cruzaban en un escenario atravesado por aluviones ideológicos y programáticos. Humanistas y reformistas, católicos y marxistas, nacionalistas y desarrollistas coincidieron en asignar un papel trascendente a la universidad.
Si bien la clausura final de estos ideales se concretó el 24 de marzo de 1976, la carrera hacia el abismo se inició con el golpe que expulsó a Arturo Illia de la presidencia el 28 de junio de 1966. El gobierno militar de facto hablaba de negligencia administrativa, de fragmentación de la vida nacional y de inhibición del proceso de modernización del país. Los primeros actos reflejos de la dictadura fueron el cierre del Congreso y la Corte Suprema, el control de la prensa y la disolución de los partidos políticos. El golpe de Estado fue recibido con indiferencia por la sociedad. Las universidades fueron el único sector que manifestó públicamente su oposición.
El 29 de julio el gobierno de facto sancionó el decreto ley 16.912, que ponía fin a la autonomía universitaria y obligaba a los rectores y decanos de las ocho universidades nacionales a asumir como interventores dependientes del Ministerio del Interior. El nuevo decreto se había propuesto “eliminar las causas de acción subversiva” en la universidad. Los rectores de las universidades de Buenos Aires, Córdoba, La Plata, Tucumán y Litoral decidieron renunciar. Los rectores de las universidades del Sur, del Noreste y de Cuyo aceptaron asumir como interventores.
En la UBA, además del rector Hilario Fernández Long, nueve decanos anunciaron sus renuncias. En algunas facultades se realizaron asambleas como manifestaciones de oposición. Como represalia, la misma noche del 29 de julio, policías armados, conducidos por el jefe de la Policía Federal, general Mario Fonseca, irrumpieron en algunas facultades de la UBA –los incidentes más graves se registraron en Filosofía y Letras, Arquitectura y Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN)– disparando gases y gritando consignas antisemitas y anticomunistas. Profesores y estudiantes fueron forzados a abandonar los edificios a golpes y la gran mayoría fueron detenidos en diversas comisarías.
En la FCEyN, su decano, el meteorólogo Rolando García, había convocado a una reunión del Consejo Directivo, que había votado a favor de dar a conocer una declaración de protesta. En esta facultad se encontraba como profesor visitante el matemático Warren Ambrose, del Massachusetts Institute of Technology. El relato indignado de Ambrose fue publicado por la revista Science y el New York Times.
El periódico norteamericano también reprodujo declaraciones del rector y de algunos decanos de la UBA. Horacio Pando, decano de Arquitectura, sostenía: “Cerca de las 22 horas del viernes, la policía interrumpió en las clases nocturnas en nuestra facultad, gritando obscenidades, ygolpearon a profesores y estudiantes, hombres y mujeres, muchos de los cuales no conocían el decreto”.
El gobierno de facto decidió suspender las clases en las universidades nacionales hasta el 16 de agosto, con excepción de las tres que habían acatado el nuevo decreto, y designar a Carlos María Gelly y Obes como nuevo ministro de Educación. También propuso cubrir los cargos de docentes renunciantes en las universidades nacionales con profesores de las universidades católicas no afectadas por la intervención. Esta iniciativa fue interferida por el manifiesto firmado por 65 profesores de la Universidad Católica de Buenos Aires, donde se afirmaba: “El país necesita científicos y técnicos y éstos pueden producirse sólo si las universidades son eficientes y capaces de conseguir sus objetivos (...) Esto puede ser logrado sólo si se mantienen principios tales como el derecho a la libertad de pensamiento y opinión dentro de la institución (...) El principio de autonomía universitaria es el factor más importante para alcanzar los más altos niveles académicos”.
El New York Times comentaba por esos días que “la mayoría de los 75.000 estudiantes sin clases deambulan en las cercanías de los edificios”, en aparente respuesta a un llamamiento de “líderes izquierdistas” de la “poderosa Federación Universitaria Argentina”, que reclamaba la reapertura de las universidades, buscaba el apoyo en líderes obreros de la CGT y llamaba a “expulsar a la dictadura educativa”.
La ambigüedad en sus manifestaciones públicas fue una de las mejores cartas de la política exterior de los Estados Unidos durante los años sesenta. Mientras que el gobierno norteamericano notificó a Onganía su “consternación y preocupación” sobre lo ocurrido en las universidades y protestó por la golpiza padecida por Warren Ambrose, a comienzos de agosto Lincoln Gordon, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, que como embajador en Brasil había dado su fervoroso apoyo al golpe de Estado de 1964, sostuvo ante la prensa que el ataque a la universidad había sido justificado, porque allí se encubrían agitadores profesionales. Gordon declaró que la reacción de su gobierno por los actos del gobierno militar argentino no pasaban de “una expresión de preocupación” y que no había habido protesta formal y categórica.
El 5 de agosto, Gordon tuvo que aclarar sus dichos. Las páginas de New York Times y de Washington Post reprodujeron sus argumentos: si bien algunas universidades latinoamericanas se habían convertido en “asilos de gángsters”, de “estudiantes crónicos” o de “agitadores profesionales”, los abusos de la libertad académica debían ser corregidos “a través de formas civilizadas y legales” y “no con violentas redadas policiales”.
Las aclaraciones de Gordon, apoyadas públicamente por el secretario de Estado Dean Rusk, provocaron a su vez la reacción del gobierno de facto argentino. El titular de la Cancillería, Nicanor Costa Méndez, presentó a Leonard J. Saccio, encargado de los asuntos norteamericanos en Buenos Aires, sus objeciones a las declaraciones de los funcionarios norteamericanos respecto de las acciones del gobierno de facto sobre las universidades. La nota de protesta incluía un pedido de informe detallado de las mencionadas declaraciones de Gordon y Rusk a fin de analizar si no significaban una interferencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de la Argentina. Sin embargo, la tensión era aparente. El New York Times indicó que la protesta no implicaba una “denuncia formal” del gobierno argentino y el Washington Post citó declaraciones de Marshal Wright, funcionario de prensa del Departamento de Estado, quien agregaba que la protesta argentina “no parece requerir una respuesta”.
Finalmente, en el New York Times del 12 de agosto Marshal Wright afirmaba que el profesor Warren Ambrose no había sido seriamente dañado. Por otra parte, Wrigth mencionaba que el gobierno argentino había presentado un extenso mensaje que desautorizaba la acción policial llevada a cabo la noche del 29 de julio y aclaraba que los efectivos habían sido instruidospreviamente para no usar la violencia. De esta forma, el Departamento de Estado norteamericano daba por cerrados los entredichos.
Al día siguiente del ataque a las universidades ya había comenzado a hablarse del peligro de un éxodo masivo de investigadores. El 25 de agosto de 1966, un artículo del New York Times, que llevaba como copete “Reclutadores universitarios listos para ubicar profesores”, anunciaba que algunas de las universidades más importantes de los Estados Unidos, “incluido el Massachusetts Institute of Technology y Harvard, así como sociedades científicas y académicas, han establecido contacto con profesores argentinos en las últimas dos semanas para colaborar con su plan de partida”. Investigaciones posteriores sostienen que como consecuencia de los episodios del 29 de julio renunciaron en la UBA alrededor de 1380 docentes e investigadores. Del total de renunciantes, aproximadamente el 70 por ciento pertenecían a la FCEyN. Más de 300 emigraron hacia otros países.
La universidad que comenzó a demolerse en julio de 1966 persistió en la forma de materia prima tenaz para futuras mitologías académicas. Y los mitos iluminan el pasado selectivamente y lo reinventan en función de los sentidos del presente. La década 1956-1966 fue así interpretada en varias claves, desde momento de audaces idealismos —la universidad era capaz de forjar modelos de país— hasta idílica “edad de oro” del desarrollo científico y tecnológico.
El retorno de la democracia en diciembre de 1983 mostró que en el imaginario de muchos profesores e investigadores persistía como grado cero de toda política universitaria la recuperación de la universidad de los sesenta. Los debates sobre ciencia básica versus ciencia planificada fueron retomados. Como si Martínez de Hoz y la patria contratista nunca hubieran existido. El anacronismo resultó evidente a comienzos de los noventa, cuando la “revolución cultural” neoconservadora comenzó a promover los diagnósticos de organismos financieros internacionales sobre la educación superior en América latina. Algunos especialistas latinoamericanos se encargaron de traducir los valores del mercado a un lenguaje progresista.
La universidad de los sesenta es una historia sin final, una potencialidad que nunca será acto. Entre otras cosas, eso es el subdesarrollo: historias inconclusas, sentidos inciertos. En todo caso, la universidad de los sesenta aporta indicios reveladores para la autoestima de una tradición científica y académica que todavía busca la clave de su destino, que todavía se pregunta cómo hacer para que el conocimiento producido en las universidades redunde en capital social y cultural y en producción de riqueza.
Por Diego Hurtado de Mendoza
Fuente: diario “Página 12”
Más información: www.pagina12.com.ar
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HORACIO GONZÁLEZ, EUGENIA SACERDOTE DE LUSTIG, FÉLIX SCHUSTER Y JOSÉ PABLO FEINMANN RECUERDAN LAS JORNADAS DE JULIO DE 1966
EL TESTIMONIO DE HORACIO GONZÁLEZ *
“Aquella noche estaba en la ocupación de la Facultad de Filosofía y Letras. Hubo una irrupción de la infantería que, en mi caso, resultó en un golpe en la cabeza que me dejó desmayado en el patio: yo recibí efectivamente la visita de un bastón largo. Y esos minutos de desmayo significaron un cambio muy importante en mi reflexión sobre la universidad y el país... Hacía cuatro años que había entrado en la universidad y vivía de algún modo el encantamiento de la autonomía universitaria. De modo que el chichón en mi cabeza fue un alerta sobre lo que iba a pasar en el país. Una cicatriz que a la luz de lo que fue la siguiente dictadura generaría una suerte de melancolía por los golpes pasados... En aquel momento tomé con un sentimiento de pena muy profundo la renuncia de muchos de nuestros profesores. La irrupción de las armas del Estado en los patios y las aulas de la universidad dio paso también a las medidas de vigilancia: mi fotografía estaría desde entonces en manos del personal de vigilancia y era considerado persona no grata. Lo que tengo dificultad para decir es que aquella irrupción policial me llevó a sumarme a los que creían en la necesidad de construir una realidad que superara a la universidad aislada... En la punta de aquellos bastones había diversas hipótesis de construcción del conocimiento. El palazo hizo vibrar mi cabeza y me llevó a rechazar tanto a aquella irrupción policial como a quienes habían sostenido una universidad cientificista pero idílica. A tientas, fui de los que intentaron construir un realismo nacional y popular, de forma balbuceante intentamos seguir la lucha política en la universidad, ocupando cátedras... Aquel golpe despertó un realismo social militante, una veta política que empezó a llamarse tendencia nacional y popular y que pronto vería con entusiasmo la lucha con las armas, un período que hoy amerita una profunda reflexión... Fue muy importante para mí aquel bastonazo. El desmayo duró muy pocos minutos, pero significó uno de esos hechos que se recuerdan como un quiebre en la vida propia.”
* Estudiante de Sociología en 1966, hoy director de la Biblioteca Nacional.
EL TESTIMONIO DE EUGENIA SACERDOTE DE LUSTIG *
“Yo era profesora de biología celular en la vieja Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, que estaba en la calle Perú. Todavía no existía Ciudad Universitaria. Me acuerdo que esa noche el doctor Rolando García nos dijo: “Que nadie se vaya a casa porque se va a hacer una reunión de los profesores. Parece que se viene una revolución”. Como era de noche, dije: “Voy a llamar a mi casa a mi marido y mis hijos para avisar que llego más tarde”. Por suerte, los teléfonos de la facultad no andaban. Y me fui a hablar desde los teléfonos de una confitería. Cuando volví, vi que había una doble fila de policías y que los estaban sacando. Había un celular y estaban empujando a los doctores Manuel Sadosky y García adentro. Y los escuché gritar: “¡Hay más profesores, vayan adentro a buscarlos!”. Entre los profesores, estaba yo, pero no me encontraron. Me salvé por milagro. Me salvé por el teléfono que no funcionaba. Me tomé un colectivo enseguida para mi casa. Llegué con un susto terrible y miré si estaba toda la familia. Perdí el cargo de profesora y todo cambió. Yo había sido nombrada por el doctor García después que cayó el peronismo y vino Risieri Frondizi, que me reconoció el título italiano. Yo era de Turín y vine a la Argentina cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, en 1939. Pero después de esa noche, no volví más a la Facultad de Ciencias Exactas.
* Bióloga celular, investigadora emérita del Conicet, 95 años.
EL TESTIMONIO DE FÉLIX SCHUSTER *
Esa noche estaba en la Facultad de Filosofía y Letras y la noticia no nos sorprendió. Esperábamos con expectativa la intervención y hasta nos parecía raro que, a un mes de asumir, Onganía todavía no hubiese tocado la universidad. Teníamos conciencia de lo que se venía, por entonces yo militaba activamente en el Frente de Izquierda Popular. Trabajaba como jefe de trabajos prácticos de Filosofía de las Ciencias y, al igual que todos mis compañeros, tuve que renunciar, aunque no estaba de acuerdo con esa decisión. Para mí había que quedarse a defender la facultad.
A medida que pasaban las horas, iba llegando gente de Exactas que nos contaba lo que estaba pasando. Era terrible. Hacían formar fila a los profesores, los hacían salir y los golpeaban uno tras otro. Se notaba que no había una planificación por parte de los militares, no eran demasiado hábiles y tampoco tenían mucha información de lo que pasaba en las facultades. Iban al bulto, sin tener un conocimiento puntual de lo que querían combatir. Se hicieron preconceptos y actuaban en función de éstos. Pero sin duda, la noche de los bastones largos fue un anticipo de lo que pasaría en el ‘76. Para mí fue un golpe terrible, desde esa noche casi no pise la facultad hasta el ‘84. Estuve 18 años sin participar de la actividad docente en Argentina.
* Ex decano de la Facultad de Filosofía y Letras.
LA REALIDAD EXTERNA ERA FASCISTA. TESTIMONIO DE JOSÉ PABLO FEINMANN
Recuerdo que era de noche, pero no si hacía frío. Por la fecha del año, calculo, raro que hiciera calor. El calor estaba en nosotros, en nuestras discusiones. Discutíamos si existía o no la realidad externa. Eramos alumnos de Historia de la Filosofía Moderna y estábamos, creo, preparando el final. Debía ser algo así; si no, no se explica que estudiáramos tanto y discutiéramos un punto tan, digamos, puntual. El punto era Descartes y su Discurso del método. Hay cierto momento en que Descartes se pregunta si las cosas que él ve ahí afuera son verdaderas o algún genio maligno lo está engañando. Entonces dice que son verdaderas porque él las ve, y si las viera y no fueran verdaderas Dios lo estaría engañando. Y Dios es bueno y no puede engañarlo. Se trata de su recurrencia a la veracidad divina. Pero hay un problema: para demostrar que hay cosas fuera del ego cogito porque Dios es bueno y no puede engañarme, tengo que demostrar que Dios existe. Y esto es fácil para Descartes. Porque dice: tengo en mí la idea de la perfección. Yo, que soy imperfecto, no pude haberla puesto ahí, donde está: en la conciencia. La tiene uqe haber puesto un ser perfecto. El único ser perfecto es Dios. Dios existe.
Durante esos días, una revista marxista –enemiga de las filosofías idealistas que deducen todo de la subjetividad– había publicado un chiste memorable. En el primer cuadrito un tipo con barbita y pipa decía: “Es muy fácil. Ese florero existe...”. Y en el cuadrito estaban el tipo y un florero. Segundo cuadrito: el tipo dice “porque yo lo pienso”. Siempre el tipo y el florero en el cuadrito. Tercer cuadrito: el tipo dice “si yo no lo pensara...”. Siempre el tipo y el florero. Cuarto cuadrito: el tipo dice “el florero dejaría de existir”. En el cuadrito, ahora, sólo está el florero. Esas eran nuestras bromas y esos eran nuestros temas de estudio y discusión. ¿Existe la realidad externa? ¿Sobre qué intenciona la conciencia fenomenológica? ¿Sobre la realidad externa? ¿La conciencia determina la vida o la vida a la conciencia? Pero, la realidad externa, ¿existe?
Salimos de la facultad. Bué, nos hicieron salir. Bajamos porque estalló el infierno. Había entrado la cana. Filo estaba en Independencia. Los canas habían hecho una doble hilera y por ahí, por el medio, teníamos que salir. Nos gritaban comunistas de mierda, zurdos podridos y judíos de mierda, esto, judíos de mierda, mucho y hasta más que mucho porque, según nos enteramos después, el golpe venía muy católico, muy Santo Tomás, muy filosofía medieval y nosotros ya estábamos en moderna. De pronto un cana le encajó un bastonazo a uno. Y a otro. Y a otro más. Nada demasiado grave. En otras universidades fue peor. Pero cuando salimos a la calle,cuando corrimos hacia la esquina, cuando nos subimos al bondi y pudimos respirar tranquilos y hablar de nuevo, ya teníamos algo resuelto para siempre: la realidad externa existía. Y no sólo existía: te puteaba, te cagaba a palos y era fascista.
Fuente: diario “Página 12”
Más información: www.pagina12.com.ar
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