|
¿A QUIÉN LE IMPORTA EL RATING?
UN ANÁLISIS DE LA REVISTA "ACCIÓN".
En 1976, la película Network, poder que mata, de Sidney Lumet, presentaba el caso de un conductor de tevé que se suicidaba en cámara y hacía saltar el rating a costa de su vida. Allí también la periodista interpretada por Faye Dunaway alcanzaba un famoso orgasmo hablando de sus negocios, en un mundo que parecía distante. En Buenos Aires solo existían cinco canales que transmitían en blanco y negro y la preocupación de entonces pasaba por la sangrienta dictadura que asolaba al país.
Tres décadas después, con libertades democráticas pero inaudita inequidad social, el tema del rating es impuesto desde los medios como esencial para la convivencia. Ya no sólo se lo acepta como natural, sino la misma búsqueda de rating es noticia, capaz de desplazar del primer plano a los reclamos salariales de la comunidad universitaria y hasta a la mismísima campaña electoral. De entre las cuestiones que más comentarios provocaron en la opinión pública argentina en el último mes –cierto que intensamente fogoneadas por los propios medios–, dos responden directa y explícitamente a las medidas que tomaron Canal 13 y su gerente de programación, Adrián Suar, para remontar el bajón que en las mediciones de audiencia venía sufriendo la emisora del grupo Clarín: el hiperautorreferencial La noche del Diez, con Diego Maradona, y la nueva sociedad con Marcelo Tinelli, un hombre que ha demostrado ser capaz de cualquier cosa con tal de sumar puntos y cuya presencia seguramente se va a notar en la pantalla del 13, entre otras cosas en la partida de Mario Pergolini, un conductor y productor bastante más asociado con algún tipo de inquietud intelectual, ética y estética, al menos en comparación.
Monerías y pequeñeces
Pergolini, precisamente, arrancó uno de sus programas anunciando: “Sepan que si se quedan en esta pantalla, no encontrarán chicos haciendo monerías. Disculpen”. Con su desembozada explotación de las “gracias” infantiles (o del cholulismo de los padres), Tinelli ejemplifica mejor que nadie esa televisión que no vacila en recurrir a bajezas, pero está muy lejos de ser el único. Como aquel programa que llevó a la madre de una chica desaparecida un año antes para que una “médium” le espete que su hija está muerta, o los que presentan hombres necesitados que ingieren insectos y vidrio picado o monstruosidades de circo. O la burla al prójimo, el chiste procaz, lo esotérico, el desnudo, el sexo alienado, la cumbia de segunda. Todavía nadie se suicidó con bombos y platillos, pero nunca se sabe.
El rating les interesa a los productores y a los dueños de los canales, que se basan en él para repartirse la torta publicitaria. Para ser “rentable”, un programa debe superar los 25 puntos, es decir tener unas 2.625.000 personas que lo estén viendo. Como una especie de Bolsa, la cotización del segundo de publicidad baja o sube y los anunciantes saben adónde tienen que apuntar. Un ciclo como "Una familia muy especial" puede ser bastante visto, pero no tanto como para seguir en el aire. El criterio es el mismo que siguen los publicistas de Hollywood cuando aseguran que tal superproducción rindió tantos millones en su primer fin de semana en los EE.UU., como si eso fuera sinónimo de obra maestra. Ni "El ciudadano", ni "El acorazado Potemkin", ni Rocco y sus hermanos fueron récords de taquilla, por lo que su vigencia en los nuevos tiempos estaría limitada. Por eso conviene tomar el control remoto y ver qué hay en Canal 7 –Caloi en su tinta o Huella digital, por ejemplo–, Canal (á), Ciudad Abierta o cualquier otra emisora alejada de las majors. Si no queremos que el hombre de la calle termine hablando el idioma de cierta clase empresaria cuyos intereses no son los de la mayoría.
Por Héctor Puyo
Fuente: Revista "Acción"
Más información: www.acciondigital.com.ar
|