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CINE. SE ESTRENÓ ´EL LUCHADOR´. ENTREVISTA A DARREN ARONOFSKY: ‘YO TAMBIÉN ME PREGUNTABA QUÉ HABÍA SIDO DE ROURKE’ / CRÍTICA. SIEMPRE EN LA LUCHA/ UNA PARÁBOLA DEL DEPORTE MODERNO
EL DIRECTOR DE "PI" HABLA DE "EL LUCHADOR", SU PELÍCULA ACERCA DE UN VETERANO Y ARRUINADO CAMPEÓN DE CATCH QUE INTENTA VOLVER A LOS PRIMEROS PLANOS. Y DE SU TRABAJO CON MICKEY ROURKE, UN ACTOR AL QUE NADIE QUERÍA Y QUE HOY ES GRAN CANDIDATO A GANAR EL OSCAR.
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EN "EL LUCHADOR", MICKEY ROURKE ES UN HOMBRE TAN ABATIDO POR LOS GOLPES EN EL RING COMO POR LA VIDA MISMA.
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EL PERSONAJE EN LA MIRADA DE EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES
ENTREVISTA A DARREN ARONOFSKY: ‘YO TAMBIÉN ME PREGUNTABA QUÉ HABÍA SIDO DE ROURKE’
“Mi instinto es siempre ir para los extremos. Mis películas nunca satisfacen al público promedio", dice Darren Aronofsky, por teléfono, y uno le cree. Tras cuatro películas muy distintas entre sí, pero todas igualmente "extremas" (Pi, Réquiem para un sueño, La fuente de la vida y su nueva, El luchador), uno siente que es verdad que el realizador de Brooklyn, de 39 años, siempre apuesta por ir más allá de lo que las buenas formas recomiendan. Y se hace cargo.
De hecho, es gracias a ese empeño por cruzar límites que ahora tenemos registrada en la historia una actuación como la de Mickey Rourke en su nuevo filme. Para que el actor de La ley de la calle llegue a estar en la película, Darren debió pelear contra todos los que le decían que Rourke era poco menos que intratable en el set y -lo que es peor a la hora de conseguir dinero para filmar- que no tenía ningún atractivo comercial.
"Tengo un gusto fuerte, muy marcado, y sé que no voy a satisfacer a todo el mundo", continúa el director, casado con la actriz Rachel Weisz, a quien se escucha hablar de fondo (Ahí voy, honey, estoy en una entrevista, le grita). Esa relación apasionada con Weisz había sido el motor de su anterior película, la romántica y épica La fuente..., con Hugh Jackman, que fue objeto de burla y ridículo y que aquí salió directo en DVD.
El luchador representa otro cambio en su carrera. De la experimentación formal y cerebral de Pi y Réquiem..., el hombre pasó a un romanticismo místico en La fuente... y ahora se despacha con un filme realista, semidocumental, que bebe de influencias tales como el cine americano de los '70, el de los hermanos Dardenne y, claro, de los clásicos melodramas de boxeo de Hollywood.
El filme cuenta la historia de Randy "The Ram" Robinson, un profesional del catch (tipo Titanes en el ring, pero más violento) a quien encontramos veinte años después de su época de gloria luchando en lugares de mala muerte y viviendo de la fama de aquellos tiempos. El dinero no le alcanza para vivir y además de "sentarse en las caras de otros tipos" -como se burla de él su jefe- trabaja en un supermercado. El tipo no tiene dinero ni para pagar la renta del trailer de mala muerte en el que vive, no se habla con su hija y la única relación que tiene es paga: con una veterana stripper (Marisa Tomei).
El luchador es una historia clásica, violenta pero tierna, dura pero tremendamente sensible acerca de un hombre que se ha ido quedando solo y que se enfrenta con una posibilidad, acaso simbólica, de regresar. Y la labor de Rourke -cuya vida tiene muchos puntos de contacto con el personaje- la eleva a la categoría de gran película, de lo mejorcito de esta temporada del Oscar. Tanto que los cada vez más erráticos votantes de la Academia ni siquiera la nominaron como mejor película.
"A los críticos les gustan las historias de regreso, ¿no?", pregunta el director cuando se le comenta que no sólo es Rourke el que revive en El luchador, sino que él también, ya que con el filme ganó el León de Oro en Venecia. "Me gusta cambiar, hacer cosas nuevas, ponerme desafíos. Trato de reinventarme en cada película, pero no la hice contra la anterior. No siento que para mí sea una revancha -dice-. Haber ganado el festival fue genial, pero tampoco fue que abuchearon la anterior".
¿Cómo se le ocurrió elegir a Mickey Rourke para el papel de The Ram?
Fue como una iluminación, como si me hubiera golpeado un rayo. Pero no fue sencillo. Tuve que lidiar con mucha negatividad de la gente a causa de su reputación. Yo soy fan de Mickey desde hace mucho tiempo, desde que tenía 18 y vi Corazón satánico. Y, como muchos, me preguntaba qué había sido de él. Trabajar con él era un desafío porque el personaje tenía que ser simpático y caerle bien a la gente. Y pensé que aquéllos que lo amaban cuando era una estrella lo iban a seguir queriendo ahora. Más allá de lo cambiado que está, la magia permanece.
Y esa historia de caída en desgracia es perfecta para el papel...
Adrian Lyne le dijo a Mickey que si moría en los '80 hubiera sido más famoso que James Dean. Era lo máximo. Todos sus colegas creen que es un genio. Pero desapareció. Yo sabía que era atleta, boxeador, y que eso podía ayudar. El usa esa ropa rara y tiene el cuerpo grande para distraer a la gente, pero te sentás, lo mirás a los ojos y ves al tipo real. Mi mérito en esta película es que no use lentes de sol. En todas los usa.
¿Es cierto que cambió todo sus diálogos?
No es que los cambió. Los diálogos fueron producto de la improvisación. Fue fantástico verlo. El tiene más talento en un dedo que todos nosotros, y puede hacer el trabajo sin esforzarse. Parte de mi trabajo era desafiarlo, empujarlo a cruzar sus límites. El nunca da todo. Le tiene miedo a eso.
Mickey siempre tuvo fama de difícil en los sets. ¿Cómo fue en este caso?
Las cosas cambiaron mucho para él. Cuando lo convoqué fui claro con el esfuerzo y la responsabilidad que implicaban hacer la película. Y él lo entendió perfectamente. Estaba muy contento de ser parte del proyecto. Fuimos claros y honestos el uno con el otro, y eso fue fundamental.
Hay escenas muy fuertes y duras en la película, física y emocionalmente. ¿Cuál fue la más difícil de rodar?
Para él, la escena en la que trabaja en el deli del supermercado. La odiaba, odiaba el parecido del personaje y de la escena con algunas situaciones de su vida, por esa gente que le veía cara conocida pero no sabía bien de dónde. Eso es algo que le pasó en la vida.
Otra actuación increíble es la de Marisa Tomei. ¿Cómo apareció en la película?
Yo fui con su hermano a la secundaria y ella entonces ya era una leyenda porque había trabajado en TV. La conocí después y somos amigos desde hace años. Tomó un rol que podía haber sido unidimensional y le agregó un montón. A ambos le sucede algo parecido y tienen que vivir en un mundo en el que lo real y lo falso se mezclan.
¿Es cierto que un un momento reemplazó a Rourke por Nicolas Cage?
Siempre iba a ser Mickey, pero el problema era que nadie quería financiarla. Y el dinero aparece cuando tenés una estrella. Luego de un año y medio de negativas me empecé a poner ansioso y a hablar con otro actor (no lo nombra a Cage), pero finalmente pudimos cerrar con Mickey.
Por: Diego Lerer
Fuente: Clarín
Más información: www.clarin.com
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CRÍTICA. SIEMPRE EN LA LUCHA
Historias como la de Randy Robinson se cuentan por millares, aquí, en los Estados Unidos y en todo el mundo. Un hombre que trata de recuperar la gloria —el afecto— que ha perdido en su profesión, con el agregado de que a un luchador profesional los años no le pasan en vano, sino por arriba. Pero Randy es un luchador profesional en términos más literales: siempre la lucha.
Sordo y con audífono, la campera inflada rota, las mechas (mal) teñidas de rubio, tostado por cama solar, Randy —apodado Ram, el carnero— reconoce que gran parte de la culpa es suya, al menos en haberse alejado de su hija, ya una veinteañera.
Es imposible no pensar en Mickey Rourke cuando se habla de El luchador. Y no tanto porque la historia de redención que pretende tener el protagonista tenga varios puntos de conexión con la vida del actor de Manhattan Sur y Nueve semanas y media —como Randy, Rourke vivió su apogeo en los años '80—. Es que Rourke está en todas las escenas y en casi todas las tomas de la película de Darren Aronofsky. Y es hasta necesario que lo esté: Randy es un personaje del que nadie habla. Salvo en los títulos de apertura, cuando Aranofsky panea sobre recortes de diarios de hace veinte años en los que se refleja la historia del hombre de catch, si algo sabemos de Randy es observándolo. Escuchándolo.
De ahí que si el trabajo de Rourke no fuese del calibre que logra, difícilmente estaríamos hablando de una gran película, como lo es El luchador.
Y más difícil aún resulta no sentir empatía con el protagonista. Por momentos Aronofsky lo muestra como un pedazo de carne que deambula, y así como recibe golpizas sobre el ring —preparadas y hasta coreografiadas en los camarines—, el tipo sufre más que en carne propia el desplante de su hija a la que abandonó, el desprecio del gerente del supermercado donde se gana unos dólares para pagar el alquiler del trailer donde, más que vivir, duerme. ¿Cómo Randy no iba a sufrir del corazón, con todo lo que le pasa?
Aronofsky, que es otro que venía en busca de levantar la cabeza tras el fiasco en todo sentido que resultó The Fountain, construyó otro personaje que es casi un espejo de Randy en Cassidy. La stripper que encarna Marisa Tomei (Mi primo Vinny, pero cuya figura todos recuerdan por el comienzo de Antes que el Diablo sepa que estás muerto) comienza la decadencia que Randy ya vive inexorablemente. Son dos seres desangelados, y ese vivir con tristeza, el dar sin saber si van a recibir los vuelve tan vulnerables antes los otros y ante ellos mismos que los devuelve a la platea como personas, no como personajes.
El luchador es, sintéticamente, la historia de un hombre que, más tarde que temprano, advierte que la vida le devuelve lo que él supo dar. Su declaración ante los fans en una de sus peleas es más triste que la verdad más pura.-
Por: Pablo O. Scholz
Fuente: Clarín
Más información: www.clarin.com
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EL LUCHADOR: UNA PARÁBOLA DEL DEPORTE MODERNO
"No quiero estar solo", suplica Randy "The Ram" Robinson. Michael Rourke, con ese rostro deformado por los excesos, conmueve hasta las lágrimas. El actor, que en 1991 se ganaba unos pesos boxeando para Marcelo Tinelli en Ritmo de la noche, tal vez obtenga este domingo un Oscar en Hollywood por su poética composición de El luchador . Tierno aun cuando se enfurece, Randy se parece más al patético Jack La Motta de Robert De Niro en Toro salvaje que al Rocky gladiador de Sylvester Stallone. Randy es el ídolo deportivo que no queremos ver. Porque su espejo devuelve soledad y miseria, no éxitos y alegrías. El Randy de Rourke, es cierto, no boxea. Hace lucha libre. Y la lucha libre no se define a sí misma como un deporte, sino como un entretenimiento. Un "entretenimiento para toda la familia", como se lo presenta hoy en casi todo el mundo. Una competencia con atletas de gran fuerza y técnica depurada que fingen fiereza y sangre y cuyos resultados, se sabe, se pactan de antemano. Pero no todo es ficción. Los golpes duelen realmente, las drogas dejan consecuencias y el ídolo, obligado al sacrificio, se autodestruye.
The Wrestler , según su nombre original, suscitó debates en Estados Unidos. "¿Acaso el deporte profesional es distinto? ¿No hay también allí resultados arreglados y campeones atiborrados de drogas?", se preguntaron muchos especialistas. "¿Qué son, si no, los escándalos de las apuestas clandestinas que llegaron hasta el tenis y el fútbol y el festival de esteroides anabólicos de las Ligas de béisbol y del fútbol americano, con nombres míticos obligados a declarar bajo juramento en el Congreso, bajo amenaza de terminar encarcelados?" La World Wrestling Entertainment (WWE), que factura unos 500 millones de dólares anuales, organiza tres shows en distintas partes de Estados Unidos para decenas de millones de telespectadores. Es un show cuyos resultados no aparecen en las páginas deportivas. Pero su poderío se hizo aún más evidente cuando el año pasado sumó a su circo a Floyd Mayweather, acaso el mejor boxeador del momento. No fue esta vez un Muhammad Alí en el destierro o un Mike Tyson en el ocaso, ambos también incorporados en su momento al show de la lucha libre. Mayweather "traicionó" al boxeo en el apogeo de su carrera. Lo hizo por 20 millones de dólares. Y enfrentó su 1,73m y 68kg contra los 2,13m y 195kg de Big Show, una pelea entre David y Goliath que incluyó piruetas y patadas y se vendió a 55 dólares en el cable. Big Show, Randy Orton, Edge, Batista, El Emperador y Rey Misterio son algunos de los personajes más populares de estos Titanes en el Ring del siglo XXI.
Todos ellos, sin embargo, parecen muy lejos del catcher Martín Karadagian o de Pepino, el Payaso, que, según exigía el contrato de su patrocinador, debía ser "dicharachero" y "amar a los niños". Y no podía perder, excepto que su rival hiciera trampa.
El "entretenimiento familiar" de la WWE, acaso no menos violento que muchos dibujos japoneses de la televisión de cable, quedó hecho trizas el 25 de junio de 2007. Ese día, la policía encontró a Chris Benoit ahorcado en su habitación. Antes de suicidarse, el ídolo de la WWE mató a Nancy, la esposa del rival a la que sedujo primero en nombre del espectáculo, pero luego en la vida real. Y mató también a su hijo de siete años. Benoit se atiborraba de esteroides, igual que su amigo Eddy Guerrero, otro ícono de la lucha libre, encontrado muerto dos años antes a raíz de un ataque cardíaco.
La prensa recordó entonces una investigación del USA Today que hablaba de por lo menos 65 luchadores muertos de 1997 a 2004 antes de cumplir 45 años. Saltaron, entre otros, los finales trágicos de los hermanos Von Erich, Dynamite Kid, Curt Henning (Mister Perfect), Bam Bam Bigelow y British Bulldog. "Todos los luchadores usan esteroides", denunció Hulk Hogan, que en el ?87 llevó más de 93.000 personas al Silverdome de Pontiac para su pelea ante André, el Gigante, también él muerto de un paro cardíaco antes de los 50. Vince McMahon, el poderoso patrón de la WWE, que años atrás fue acusado de suministrar él mismo los esteroides a sus luchadores, suele defenderse afirmando que lo suyo no es un deporte que deba someterse a reglamentaciones antidoping, sino un entretenimiento.
El filme de Rourke no muestra justamente eso. "The Ram", un ex campeón en el ocaso, se hace extensiones en el cabello y ama el show. Pero también se inyecta en la soledad del vestuario. Ya no para hinchar los músculos, sino para no sentir los golpes. Rourke, se sabe, ama el boxeo. Lo practicó durante una difícil niñez, en Liberty City, el gueto negro de Miami, donde sufrió abusos de su padre, un culturista amateur que murió pocos años más tarde. Y volvió al ring con el apodo de Marielito, en los tiempos en los que odió a Hollywood, cuando la industria que lo había anunciado como el nuevo Marlon Brando ya no toleraba su indisciplina. Por el boxeo, según cuentan crónicas recientes, se rompió y aplastó la nariz cinco veces y la rehizo con parte de las orejas. Tiene además un pómulo destrozado, la lengua cortada al medio, costillas rotas y hasta heridas en ese rostro ya deforme provocadas por inútiles cirugías plásticas y hasta por sus adorados chihuahuas, a uno de los cuales puso el nombre de "Monzón" en homenaje al ex campeón argentino, a quien llegó a visitar en su prisión de Santa Fe cuando vino a boxear en una exhibición decadente para el programa de Tinelli, con Susana Giménez como uno de los jurados.
"La lucha libre -dijo hace unos días- nunca me va a gustar. Es un entretenimiento; en cambio, el boxeo es un deporte. Es como comparar peras con manzanas." Pero durante los dos primeros meses de práctica previos al rodaje de El luchador Rourke debió visitar varias veces el hospital y someterse a resonancias magnéticas en rodilla, cuello y espalda. Aprendió que los golpes de la lucha libre también lastiman y respetó más a los luchadores, porque "además se alimentan de la energía del público y dan más de ellos mismos de lo que deberían". Eso le sucede a The Ram, El Carnero, cuando decide seguir combatiendo, reclamado por sus fans, cuando otros le advierten que debe retirarse. "El único lugar donde puedo salir herido es fuera del ring", dice The Ram. Le duele más la vida que los golpes de sus rivales. Como le ocurrió en algún momento de autodestrucción al propio Rourke. "Mi infancia -dijo una vez- fue tan horrible que si alguien me da a elegir entre volver a vivirla y nacer muerto, elijo nacer muerto." Después de coquetear varias veces con la muerte, y luego también de trece años de psicoanálisis, Rourke, pasados los cincuenta años, eligió seguir viviendo. Y volver a conmover con The Ram.
Pero es difícil separar a Randy "The Ram" Robinson de Mickey Rourke. Es difícil separar a El luchador del deporte moderno.
Por Ezequiel Fernández Moores
Fuente: diario "La Nación"
Más información: www.lanacion.com.ar
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